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“¿Y la wawa pa’ cuándo?”
por: Stephanie Rios-Bridoux Rivera
Enamoradas y bajo la lupa: cómo la sociedad boliviana mira (y mide) a las parejas heterosexuales.
Diciembre en Bolivia huele a picana, sidra, buñuelos recalentados y preguntas incómodas.
Entre el amigo secreto del trabajo, la cena en casa de la abuela y la foto familiar que alguien va a subir a Instagram, siempre aparece una voz —una tía, un abuelo, una prima, una amiga del colegio— que suelta la bomba disfrazada de chiste: “¿Y ustedes para cuándo el matrimonio? ¿Y la wawa pa’ cuándo?”.
Lo dicen riendo, una lo siente en el cuerpo. Sobre todo si estás en ese rango raro de los veintitantos a los treintaypico, conviviendo con tu pareja, pagando cuentas, intentando no colapsar entre trabajo, estudios, terapia y alquiler… y encima lidiar con todo una sociedad opinando sobre en qué etapa “deberías” estar.
Para entender mejor esa presión, reuní a varias parejas jóvenes heterosexuales —amigos, cuates de distintas ciudades , gente que vive junta o a punto de casarse o, que todavía no sabe si quiere hijos— y les lancé la pregunta que todos escuchamos, pero casi nadie se detiene a analizar: “¿Qué espera la sociedad boliviana de las parejas jóvenes?”. Lo que salió fue menos “entrevista para un reportaje” y más terapia grupal con mate, risas nerviosas y verdades que no siempre decimos en voz alta.
“Pareja estable”: lo que vemos, lo que vivimos
Arrancamos por lo básico. Cuando escuchas la frase “pareja estable”, ¿qué se imagina la gente? “Una pareja, un chico y una chica. Que viven juntos, Que no se pelean” o “Que se ponen camisa y vestido”.
La imagen es tan clásica que parece sacada de un comercial de muebles: él con camisa planchada, ella con vestido bonito, ambos sonriendo, cero drama, cero dudas. La estabilidad como foto fija para subir a redes.
Pero a medida que el grupo fue entrando en calor, la situación se complejizó: “Pienso que una pareja estable es una que está bastante tiempo. No tiene que ver con si se pelean o no, sino con cuánto han superado y cuánto tiempo van”.
Otra participante dijo: “La individualidad es la parte más bella: compartirla, aprender que cada uno avanza a su espacio, a su ritmo.”
Mientras la cultura pop insiste en la pareja como fusión absoluta (“mi otra mitad”, “mi media naranja”, “somos uno”), estas parejas jóvenes imaginan a la estabilidad como algo mucho más realista: dos personas enteras que se eligen, que a veces se cansan, que discuten, que tienen proyectos juntos… pero también propios.
En El arte de amar, Erich Fromm recuerda que “amar no es solo un sentimiento, es una actitud hacia la vida” Esa frase desarma la idea de la pareja estable como foto perfecta y la convierte en algo mucho más incómodo: una práctica diaria, una decisión ética y política de cómo nos vinculamos, no solo una emoción que “sale bien o sale mal”. Las voces del grupo calzan con Fromm: estabilidad no es ausencia de pelea, sino la voluntad de sostener el vínculo sin dejar de ser persona completa.
Angela McRobbie, en Feminism and Youth Culture, muestra cómo la cultura juvenil —revistas, series, publicidad— vende a las chicas un guión donde la pareja estable es casi el “proyecto final” de su identidad. No lo dice desde Bolivia, pero la lógica se siente familiar: esa pareja de camisa y vestido que imaginan los entrevistados es la versión local de esos guiones globales, adaptada a la estética de las bodas cruceñas, tarijeñas, cochalas o paceñas.
Edad, tiempo y el famoso “reloj”
La segunda capa del tema fue casi inevitable: la mezcla explosiva entre edad, tiempo de relación y etapas esperadas.
Cuando les pregunté qué creen que “deberían” estar logrando como pareja a su edad, aparecieron dos voces claras. Por un lado, el libreto social: “Sacando un préstamo de vivienda social, pensando en tener hijos, planes para matrimonio. Eso es lo que pienso que deberíamos… pero no porque lo sienta, sino porque es la presión social que existe a nuestra edad”.
Por otro lado, la resistencia a esa lista tipo checklist: “Siento que debería ir surgiendo algo, pero no seguir una línea como tal. Ya se siente como algo impuesto cuando comienzas una relación”. Otro de los cuestionados señaló: “No es algo tanto de edad, sino más del tiempo de tu relación. Puedes tener 40 y estar hace un mes con alguien; no por tener 40 te vas a casar con esa persona. O tener 25 y estar hace 15 años con la misma persona y recién ahí planear casarse”. Es decir: la lógica generacional se mezcla con la biográfica.
Las abuelas vivieron otra película: muchas fueron casadas sin elegir, con hombres mayores, con la maternidad como destino único y no como opción. Una de las voces del grupo lo resumió fuerte: “Mi abuela no eligió casarse con mi abuelo. Le dijeron ‘te vas a casar con él’ y le llevaba veinte años. No le quedaba otra opción que decir ‘sí, obvio, y voy a tener diez hijos’ porque me voy a dedicar a cuidarlos. Nosotras ya no estamos ahí.” Mientras nuestros abuelos negociaban vacas, terrenos y apellidos, nosotras lidiamos con contratos de alquiler, posgrados, terapia y relojes biológicos que se sienten cada vez más presentes.
En Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Ngozi Adichie escribe: “Enseñamos a las niñas que pueden tener ambición, pero no demasiada; que pueden tener éxito, pero no demasiado; de lo contrario amenazarán al hombre. Por ser mujer se espera que aspire al matrimonio, se espera que tome las decisiones de mi vida siempre teniendo en cuenta que el matrimonio es lo más importante”. Esa frase encaja perfecto con las biografías que salieron en el grupo: la idea de que a cierta edad ya “deberías” haber pasado por compromiso, boda, hijxs, pero sin “pasarte” de la raya, sin parecer demasiado independiente o demasiado tardía. El libreto de edad y etapas se convierte en una manera de controlar cuánta autonomía se permite a las mujeres antes de volver a empujarlas hacia la maternidad y la vida familiar.
A la vez, Carole Pateman, en El contrato sexual, muestra que el contrato social moderno se construyó sobre un pacto masculino que organiza quién tiene acceso al cuerpo y al trabajo de las mujeres. Cuando una participante cuenta que a su abuela “le dijeron con quién casarse” y cuántos hijos tener, está describiendo, en pequeño, ese contrato sexual: la vida de las mujeres como territorio negociado entre varones, donde la edad “correcta” para casarse o embarazarse no sale de ellas, sino de esos acuerdos.
Matrimonio: ¿papel, fiesta o compromiso?
En Bolivia, ‘’la sagrada institución del matrimonio’’ sigue siendo un símbolo pesado. No solo por la fiesta (que, seamos honestas, muchas quisiéramos solo por el vestido y la pista llena), sino por lo que significa frente a la familia.
Pregunté si alguna vez habían sentido que su relación no era “completamente seria” porque no estaban casados. Algunas respuestas fueron tranquilizadoras: “Nunca han invalidado mi relación por no estar casados”. Otra participante comentó: “Para mí el contrato no significaba mucho; legalmente mi relación ya es casi un matrimonio.”
Pero otras reflejaron ese choque generacional: “Mi abuelo nos dijo: ‘¿Cómo es eso de que estén viviendo juntos si no se han casado?’. Y mi abuela hizo esa mueca de ‘hmm’… Esa cara lo dice todo.”
“Para ellos el título es importantísimo: si no estás casado, estás pecando. Para nosotros no es tan necesario un papel para querer compartir la vida.”
Una frase del grupo lo clavó perfecto: “Hablar de matrimonio, más que hablar de un papel y un anillo, habla de la intención de estar toda tu vida con esa persona. Antes el gesto simbólico era más importante socialmente. Ahora, no necesitas un anillo y un papel para querer eso.”
En El contrato sexual, Pateman discute justamente que lo que parece “un simple contrato entre iguales” es una forma de institucionalizar la subordinación femenina dentro del matrimonio. Si en la mesa familiar el “papel” sigue funcionando como marca de respeto y legitimidad, es porque esa institución todavía ordena quién es considerada una “mujer seria” y quién está “viviendo en pecado”. El grupo, al relativizar la importancia del documento, está intentando romper con esa dimensión disciplinaria del matrimonio.
Por otro lado, Beatriz (Paul B.) Preciado, en Manifiesto contrasexual, recuerda que las categorías de sexualidad y las formas de pareja no son naturales, sino dispositivos: habla de prácticas e identidades sexuales que “no son sino máquinas, productos, instrumentos, aparatos, trucos”. Cuando las parejas del grupo dicen que pueden comprometerse sin anillo y sin iglesia, están, sin saberlo, haciendo un pequeño gesto contrasexual: separan el deseo y el proyecto de vida de la maquinaria clásica que une sexo, matrimonio e hijos como si vinieran en combo obligatorio.
Y aun así, en muchos hogares bolivianos sigue flotando esa frase que varias quisieran borrar del mapa: “Si te embarazas, te tienes que casar sí o sí”. La maternidad como trampa y el matrimonio como castigo: un eco muy claro del contrato sexual que describe Pateman, trasladado al chisme familiar y al sermón del domingo.
Hijos: deseo, mandato y ese reloj que suena aunque no quieras
Cuando entramos al bloque “hijos”, se notó un cambio en el tono. Menos chiste, más vértigo.
Producción original Revista ¡AJÁ!
Para algunas, el deseo de ser mamá está clarísimo desde siempre: “Yo siempre he dicho: no me interesa ser abogada, doctora, comunicadora. Yo quiero ser mamá. Y he tenido clavada la fecha de los 27 desde que soy súper chiqui.”
Para otras, la frase más honesta es: “No sé si quiero tener hijos.”
bomba. Para ellos mi razón de ser es esa. Mi papá me dijo que no sabes lo que es el amor hasta que tienes un hijo… como si estuviera cagándola por escoger otra vida.”
En Santa Cruz, esa presión es especialmente fuerte: “Ahí el libreto es clarito: sales del cole, entras a la U, te comprometes, te casas, tienes hijos. Nadie lo dice, pero todos lo saben. Hay amigas que me hacen sentir como si me faltara algo en la vida por no haber sido mamá todavía.”
Otras parejas han vivido lo contrario: padres asustados por embarazos adolescentes en la familia, que repiten como mantra: “Por favor, no tengas un hijo si no quieres”. Cero presión, más bien advertencia. Pero incluso cuando el entorno no presiona, aparece otro personaje silencioso: el famoso reloj biológico.
“Antes decía ‘no quiero hijos nunca’, ahora de pronto me descubro pensando en los límites biológicos. No por la sociedad, sino por el cuerpo.”
Un participante acotó: “Ya no tienes 17 para decir ‘si me embarazo, aborto’. A los 30 ya has estudiado, trabajas, puedes mantener a otro ser vivo. Entra la duda: ¿me uno al grupo que tiene hijos o al grupo que prefiere gastarse su plata en figuritas de Star Wars en vez de pañales?”
En No se puede descolonizar sin despatriarcalizar, María Galindo lanza una idea que pega directo aquí: “no se puede descolonizar sin despatriarcalizar”. Es decir, no basta con cambiar gobiernos o discursos si el control sobre el cuerpo de las mujeres sigue intacto. Las frases tipo “tu razón biológica de existir es tener hijos” o “no conoces el amor hasta que seas madre” son la versión íntima de ese mandato patriarcal-colonial: convierten la maternidad en destino natural y moral, no en decisión política o deseo propio.
Si sumamos a eso la lectura de Preciado, el cuadro se vuelve todavía más evidente: el régimen heterosexual define qué prácticas son legítimas y cuáles no, y coloca la reproducción como centro. Las dudas de estas parejas —“¿quiero hijxs o estoy obedeciendo un guión?”— son pequeñas grietas en ese régimen.
Quién carga qué: género, culpa y expectativas
Cuando pregunté quién recibe más presión, si ella o él, nadie dudó mucho: “La mujer tiene una presión mucho mayor. Biológica y social.”
No es solo el reloj. Es el combo completo: Ser buena hija, buena pareja, buena profesional, buena amiga, buena madre potencial, todo entre los 20 y los 35, que son —supuestamente— tus mejores años para todo: trabajar, enamorarte, viajar, estudiar un máster… y gestar.
“Tenemos que ser todólogas. Nuestro reloj biológico se va, pero también son los mejores años para conseguir trabajo y progresar en la carrera. Tenemos que hacer todo al mismo tiempo.”
A eso se suma la presión estética (verte “bien”) y la carga doméstica que, aunque las parejas jóvenes intenten repartir, sigue cayendo mucho sobre nosotras. Una de las chicas lo contó desde algo aparentemente simple: cocinar.
Como comentaba una entrevistada: “Yo no sé cocinar y nunca fue tema en mi casa. Pero cuando me fui a vivir con mi pareja, la presión entera que sentí por eso fue brutal. Comentarios tipo ‘¿cómo no vas a saber cocinar?’ o ‘aprende pues, ¿qué le vas a hacer a mi nietito?’. De pronto, en momentos de bajón, me preguntaba si era ‘menos mujer’ por eso.”
Los hombres, por su lado, no salen ilesos. Su presión es otra, igual de pesada: “Desde niño te condicionan a que, de grande, o tienes plata y puedes mantener a alguien o no eres un ‘buen hombre’. Y vos creces con esas presiones de cosas que tal vez ni siquiera están a tu alcance según dónde naciste.”
El viejo guión se mantiene: “Ella con la carga biológica, moral y estética. Él con la carga económica y de éxito”.
En Todos deberíamos ser feministas, Adichie explica que a las niñas se les enseña a adaptarse a los demás, a minimizarse para no incomodar, mientras que a los niños se les construye alrededor de la idea de éxito y poder. Esa asimetría está en cada frase del grupo: a ella “¿qué le vas a hacer a mi nietito?”, y a él “tienes que mantener a tu familia”.
Desde Bolivia, Galindo y Mujeres Creando lo han denunciado desde otro lugar, más callejero y performático. En La Virgen de los Deseos convierten a esa Virgen-madre intocable en un personaje lleno de deseo, rabia, contradicciones. La idea de “ser buena mujer” que se impone en estos comentarios de familia choca con esa Virgen-profa, lesbiana, punk y blasfema de Galindo. Las parejas jóvenes que se resisten a sentir culpa por no cocinar perfecto, no querer hijxs o no casarse todavía, sin decirlo así, están más cerquita de esa Virgen de los Deseos que de la Virgen de Urkupiña.
Plata, etapas y la boda soñada (o no)
También hablamos de plata, porque hablar de amor sin hablar de dinero es hacer trampa. Cuando les pregunté qué pesa más: estar económicamente listos o cumplir etapas (“casarse ya porque toca”), la respuesta fue bastante unánime: “Estabilidad financiera.” “Si no tienes de dónde, ¿cómo cumples etapas?”.
Se escuchó la voz de un entrevistado: “Siempre se trató de estabilidad económica antes de tener más gente dependiendo de mí. Ya es suficiente que yo mismo dependa de mi sueldo como para sumar una o dos personas más.”
Eso no significa que la fantasía de la boda desaparezca. Algunas la siguen soñando, con fiesta grande, fotos, vals y toda la cosa. Pero la mayoría la ubica en un plano más real: “Depende de tu realidad. Si está dentro de tus posibilidades hacer un fiestón, genial. Si no, puede esperar. No es más ni menos. Tal vez solo quieres algo íntimo, con tus amigos. Lo importante es qué quieren ustedes, no cuánto arroz les van a tirar en la iglesia.”
En La distinción, Pierre Bourdieu muestra cómo los gustos —incluida la idea de la “boda ideal”— están atravesados por clase social: no son decisiones puramente individuales, sino formas de marcar posición en el espacio social. Una mega boda de salón de eventos, con drones y todo, no significa lo mismo que un almuerzo íntimo con pocas personas. Cuando en el grupo dicen “depende de tu realidad”, están intuyendo eso: la boda como consumo aspiracional puede convertirse en deuda, mientras que elegir una celebración más sencilla puede ser también una forma de escapar, un poco, a ese mandato de demostrar estatus a través del matrimonio.
A la vez, McRobbie insiste en cómo la cultura juvenil y los medios convierten el consumo (vestido, fiesta, viaje de luna de miel) en parte central de la narrativa romántica. No es extraño que muchas quieran la fiesta “por el vestido y la pista llena”: es el deseo genuino, pero también el resultado de décadas de imágenes donde el clímax del amor es una boda de película.
La presión se mete en casa: cuándo lo externo se vuelve interno
Otra pregunta clave fue: ¿En qué momentos la presión externa se convierte en tensión dentro de la relación?
No siempre pasa, pero cuando pasa, duele. Una pareja lo vivió cuando decidió irse a vivir junta: “Lo que nos dijeron nuestros papás nos hizo dudar de nuestra decisión. Comentarios externos tipo: ‘si fuera tu papá, no te dejaría mudarte si no estás casada’. Tuvimos que sentarnos a ver: ¿a quién le hacemos caso, a nosotros o a ellos?”
“Mi pareja nunca me presionó. Pero los comentarios de la familia se metieron en mi cabeza. En días malos, me hacía sentir que no rendía lo suficiente, que no estaba a la altura. Y eso, quieras o no, cae en la relación.”
En general, coincidían en algo muy sano: cuando ambos están bien individualmente, seguros de sus decisiones, la presión externa rebota. Cuando alguno está vulnerable, cansado, endeudado, triste… la vocecita de la tía, la abuela o el comentario casual de una amiga tiene un efecto distinto.
En ¿Qué significa hablar?, Bourdieu recuerda que el lenguaje nunca es neutro: cada vez que alguien habla, pone en juego su capital simbólico; hay voces que pesan más que otras. Un abuelo diciendo “así no se hacen las cosas” no suena igual que una amiga random comentando en Instagram. En el grupo de parejas entrevistadas se ve claramente: no es solo el contenido del comentario, es quién lo dice y desde qué lugar de autoridad. Esa asimetría hace que muchas palabras familiares funcionen como pequeñas formas de violencia simbólica que terminan infiltrándose en la intimidad de la pareja.
Diciembre: navidad, año nuevo y el villancico de las preguntas
Y llegamos a las fiestas. ¿En estas fechas se multiplica la presión? Algunas personas dijeron que no, que en su familia esos temas se evitan para no arruinar la cena. O que la presión se siente más en cumpleaños (“porque ahí sí el tema eres vos y tu edad”).
Pero otras reconocieron que las fiestas sí traen un plus de ansiedad: “Desde que vivo con mi pareja, he dejado de recibir regalos individuales. Ahora todo es ‘para la casita’, regalos comunales. Indirectamente también es presión”.
“En Navidad aparecen los ‘para cuándo el nietito’, ‘para cuándo la boda’. Es como si diciembre viniera con combo: cena, foto y juicio de vida.”
Lo cierto es que las fiestas nos devuelven a los orígenes: a la casa donde crecimos, a los parientes que siguen midiendo la vida con la regla de antes, a las comparaciones inevitables con primos, amigas del colegio o el clásico “mira a tu prima, ya está casada, ya tiene sus hijitos”.
En un país donde la familia sigue siendo el núcleo afectivo, económico y hasta político, no es raro que estas fechas activen todas las alarmas internas. Y en clave McRobbie y Bourdieu concuerdan en que, tampoco sorprende que esos juicios vengan acompañados de cosas muy concretas: quién trae qué regalo, quién ya tiene casa propia, quién sigue “gastando en tonteras”.
Tal vez no podamos silenciar todas esas voces. Lo que sí podemos, es poner en alto la nuestra.
La que dice:
“No somos menos pareja por no casarnos aún.”
“No soy menos mujer si no quiero hijos o si todavía no sé.”
“No quiero correr porque otras ya se casaron o ya tienen wawas.”
“Quiero elegir mi vida, no solo la quiero heredar.”
Porque sí, el tiempo pasa.
Pero los guiones también se reescriben.
Y, aunque cueste, cada vez somos más las que preferimos vivir una vida propia a actuar un papel que ya no nos queda.
